viernes, 14 de agosto de 2009

Ventanas a Juanito Laguna



Guardás el corazón en una lata
los gusanos de frutas viejas te ponen alas
sobrevolás las basuras
girás sobre trompos de barro

te vas
en el hilo de felicidad de un barrilete.













"Juanito Laguna [...] es un símbolo que yo agito para sacudir la conciencia de la gente. Porque yo puedo salvar a una persona, puedo salvar a dos personas, puedo salvar a diez, pero no puedo salvar a todo el resto, y a mí me interesa que todo el resto se salve. [...] Juanito Laguna no pide limosna, reclama justicia ; en consecuencia pone a la gente ante esa disyuntiva; los cretinos compadecerán y harán beneficencia con los Juanitos Laguna; los hombres y mujeres de bien, les harán justicia".

Antonio Berni
Escritos y papeles privados

miércoles, 12 de agosto de 2009

domingo, 9 de agosto de 2009

Sentidos

El día del eclipse, él y ella
unieron ojos de luna, manos de sol, guirnaldas de pájaros, bandadas de estrellas, vuelo de dragones, mezclaron duraznos y frutillas con crema, cobertura de chocolate y relleno de dulce de leche,
vino blanco, vino tinto, agua de lago, toda la bravura del mar, de las tormentas, de los rayos, de voces de sirenas y tesoros de perlas, oscuridad de los bosques, frutos de pino, música del viento.

Los suspiros movieron cortinas de seda
orquestaron caricias
danzaron el vaivén dulce de los opuestos.

Caminaron sobre ellos todos los relieves. Subieron las escaleras de la entrega; tocaron el todo. Aroma de fresias. Magnolias abiertas. Lluvia. Olor de su lluvia.

El arco dibujado en el aire se extendió sobre el mar
nadaron las aguas tranquilas del abrazo
las ondas circulares de los besos
abandonaron los cuerpos mojados en la luna flotante.


La luna
lentamente
los bajó.


Entonces, él salió de ella. Ella, de él. Y fueron uno.


lunes, 3 de agosto de 2009

Asociados

Un hombre sentado en una sala de espera. Quiere decirle algo gracioso a la chica que está sentada a su lado. Cuando lo hace, empieza a estornudar sin parar. Saca el pañuelo del bolsillo y ve que no es el suyo: es el de su novia. Con disimulo intenta guardarlo, pero el pañuelo de flores bordadas, se despliega y se hace cada vez más grande. Luego de un rato, logra doblarlo y guardarlo a presión en su portafolio.

Toma una revista. Las páginas están en blanco. Finge leer para comentarle algo a la misma chica. La mira y ella suelta una carcajada. En medio de una risotada, ella le quita los anteojos y le dice que le gustan. Le pregunta si no se los regala: el marco rosa le fascina. Él, contesta afirmativamente.

El hombre se cruza de piernas y se baja el ruedo del pantalón: las medias turquesas no le combinan con los zapatos rojos. Se agacha para dejar la revista en la mesa baja y se le cae un aro. El aro de argolla cae en el bolso de una mujer que está enfrente de él. La señora tiene un grano con pelos. La conoce de algún lugar. Lo mira fijo, le guiña un ojo y le dice bajito: ¿me los devolvés?... También, responde que sí.

Se levanta para ir al baño. La puerta está cerrada con llave. Vuelve. Busca entre los muebles para ver si está escondida. No la encuentra y espera. Pregunta a los demás si no es raro que no haya música ni recepcionista. Pero nadie contesta. Milagrosamente, la puerta del baño se abre sola. Entra, pero no hay agua ni papel. Tampoco inodoro, ni espejo.

Vuelve a la sala. A sus espaldas escucha movimientos. Rápidamente se sienta en su silla. Mira hacia el otro costado. Tiene a un niño y a una nena sentados. Quietos. Parecen serios, concentrados; leen un libro de poemas. Cuando el chico siente sus ojos sobre él, levanta la vista y en lugar de sacarle la lengua, le sonríe.

Ahora tiene sed. Camina directo al expendedor de agua y cuando gira la manijita, se queda con aquella en la mano. Desesperado, busca cómo juntar el líquido. Mientras la señora de la verruga le presta el sombrero, los chicos le alcanzan un chupetín y con el palito tapan la salida. Solucionado el tema, cada uno vuelve a su lugar.

Pasan unos minutos. Cuando el hombre quiere levantarse de la silla, no puede. En la silla hay un chicle y no se desprende de su ropa. Tironea y se estira aún más. El chicle, que parecía una insignificante bolita, tiene fuerza y no lo quiere soltar. Escucha las risas. El niño mastica el chicle que lo tiene atrapado y sopla, sopla sin parar. Ahora lo ha convertido a él en globo. Los chicos insisten en que quieren ir a jugar a la plaza. Esta vez, también responde que sí. Entonces la nena le hace un nudito, le ata un hilo en el culo y se lo lleva flotando.

La señora de la verruga toma su bolso y su escoba y sale detrás de ellos. La chica de los anteojos corre para alcanzarlos. El médico abre la puerta y encuentra la sala vacía. Llora. Se saca el guardapolvo y lo tira por la ventana. Apaga todas las luces y se va.


lunes, 27 de julio de 2009

El color del silencio















En la hoja blanca que me eligió
en el murmullo de letras negras

leo el grito pintado de lo que no pude decir.





viernes, 24 de julio de 2009

Inútil

al sueño que me quita el sueño...


El compás ingresa al escenario
y baila su vals preferido
quiere encerrar el universo en un único círculo
y resulta que es imposible.

Con una escuadra diseño una caja
voy a guardar todo en su interior
colocarle una tapa
sellarla
ponerla bien lejos
y descansar
aunque sólo sea por un momento.
Pero los puntos de las rectas (siempre ordenados)
están en rebelión.

Traigo una goma gigante
e intento borrarte
barrerte de mi memoria
desaparecerte de mis sueños.
Y no puedo.

Pruebo con el corrector
quiero modificar lo que escribí
y lo que dibujé.
Compruebo que funciona sobre el papel
y no sobre el corazón.

Intento con la plasticola
con la tijera y el cartón
arreglo las partes rotas
las uno
y cuando termino
no puedo armar el rompecabezas mayor.


Todo es en vano.
Todo es imposible.

Nada puede con las certezas y los delirios del destino.







Joan Miró y su universo




martes, 21 de julio de 2009

Palabras condenadas como lilas en la tormenta


Nada faltaba para que aquello sucediera esa misma noche. A mí me habían mandado afuera para llevarles yerba a los muchachos, mientras las mujeres en la cocina terminaban de amasar pan. Ya era un clásico que se reunieran a cenar después de una salida a campo traviesa, en las afueras de Angaco. Siempre se reunían los mismos cuatro; salvo esa vez. Quique era el artista, el junta chatarra, él armaba los areneros y los ponía a punto con todos los chiches. Sin que nadie se lo pidiera, se ponía en padre y cada vez que me veía me agarraba fuerte del brazo y me repetía lo mismo: pibe, cuando no hay plata hay que agudizar el ingenio. También estaba Víctor, el tornero, para quien las cosas debían calzar a la perfección, como anillo al dedo; Ladislao, que preparaba los asados, y Antonio, que se escapaba unos días del trajín de Buenos Aires.

Esa noche era noche estrellada y soplaba el Zonda. Ladislao había iniciado el ritual de los leños. Vi el chivito abierto a la mitad. La tierra abierta por la sequía. Por detrás, se oía el murmullo del agua que empezaba a correr por el canal. Algo distinto flotaba en el ambiente. Miré la ronda. Alrededor del fuego vi una cara nueva que hablaba de modo extraño. Sin parar. Con voz áspera y mirada perdida anunciaba que en ciertas noches se escuchaban allí voces de máquinas, truenos de martillos, estampidos de cañones y alaridos de soldados. Daba pequeños saltitos mientras hablaba. Algunos lo miraban con indiferencia y otros se reían. Antonio me codeó en busca de complicidad, burlando a ese vagabundo que parecía no tener necesidad de pedir, sino de dar. En voz baja me dijo algo que no entendí, pero yo le contesté igual "entiendo, entiendo...no es exactamente una enfermedad, pero es una cosa rarísima". A mí me atrapaba su voz, no me daba risa como a ellos. Tal vez porque era un adolescente y me parecía que siempre caminaba por el puente de las vacilaciones. Y también sus ojos me retenían en el lugar con la fuerza de un imán. Fue de repente, como una profecía, casi en un grito, que dijo para todos:
- Hay palabras con manos; apenas escritas me buscan el corazón. Aparecen en noches como la de hoy, dibujadas en las lenguas de fuego.

Lo dijo con su voz pastosa, frotándose el pecho. Miré obligado hacia abajo. Como si quisiera aspirarme, una fuerza subterránea me chupaba desde los pies. Mis alpargatas se clavaron en los surcos de la tierra. Del susto, me senté bajo la parra. El gato paseaba ronroneando sobre mis rodillas flexionadas. Yo permanecí ahí cebando mate. Mientras, el chatarrero escribía con lápiz, en unos papeles de envolver, a la luz de la lámpara.
A la hora de ese anuncio, seguíamos todos reunidos alrededor del asador. Entonces, escuché que las ramas de los árboles crujieron con un sonido lastimero a los oídos. Las piedras del jardín eran más blancas y lisas de lo habitual y tenían la mirada vuelta hacia el cielo. El aire se volvió pesado. El viento Zonda avivó las brasas; el fuego se hizo más intenso. Fue cuando vi escrita esa palabra. En ese mismo momento, el vagabundo clavó los ojos en mí y sin dudar, me dijo:
-Mírela bien. Ya no la verá nunca más.

Me preguntaron muchas veces sobre lo ocurrido esa noche. Lo intenté, y fue en vano. Nunca pude pronunciar esa palabra. Solamente me sucedió una vez. Fue hace trescientos años.







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Roberto Fontanarrosa