al amigo que camina a mi lado,
al maestro que puede ver las muchas Keikos que aún no soy.
Estás sentado en el banco del otro día y te mirás los pies. Unas frutas malditas se pegaron a la suela de tus zapatos. Los raspás sobre las baldosas amarillas y maldecís al cielo que las tiró. Te responde. Entonces, el poste de luz de la vereda de enfrente saca unas chispas; te tira unos cables y entrás a la carpa de un circo. Los pájaros hacen piruetas y caen en la cama elástica del cielo. Pasa un chico en bicicleta -equilibrista de estrellas- y te deja en la próxima esquina azul. Caminás un pentagrama como una paloma solitaria que espera en clave de sol. Qué alguien pinte las notas vacías. Juntás dos botellas tiradas en el piso y dirigís una orquesta de hojas verdes.
Dos caños de desagüe te observan como largavistas subterráneos, y miran curiosos a los hombres de una ciudad flotante. Un plumero de diente de león te acaricia y no te lastima. Dulce de campánulas rosas rebalsan de un pote de hojas secas. Un molino sin aspas gira el mundo, y frágiles cortaderas de jardín mueven el aire de tu ciudad. Flotás. En los últimos metros una bolsa lila anudada, una tapita roja y un guante sobre el césped, dan señales de una travesía que no tiene fin. Te sentás. Apoyás las manos sobre las piernas. Bajás la vista y pensás: paraísos en mis pies.
Dos caños de desagüe te observan como largavistas subterráneos, y miran curiosos a los hombres de una ciudad flotante. Un plumero de diente de león te acaricia y no te lastima. Dulce de campánulas rosas rebalsan de un pote de hojas secas. Un molino sin aspas gira el mundo, y frágiles cortaderas de jardín mueven el aire de tu ciudad. Flotás. En los últimos metros una bolsa lila anudada, una tapita roja y un guante sobre el césped, dan señales de una travesía que no tiene fin. Te sentás. Apoyás las manos sobre las piernas. Bajás la vista y pensás: paraísos en mis pies.



