
A través de la niebla de los bosques de Kyoto, el Príncipe blanco encontró su Bella Durmiente. Llevaba puesto un kimono espléndido, con grullas bordadas, ramas de pino y dos lunas plateadas. Un obi -más bello aún- le ajustaba por sobre la cintura y también las telas y entretelas que cubrían su piel por debajo del kimono. Tantas telas eran, que el Príncipe casi cae en la desesperación. No iba preparado. No llevaba katana, sino una flor. La flor se desarmó en mil pétalos. Pronto hubo vuelo de mariposas. Cada una desató un nudo de su vestimenta y un nudo de su corazón.
Todo lo que sucedió después, fue tan hermoso... que ni ellos, ni nadie, se atrevió a contarlo.
Todo lo que sucedió después, fue tan hermoso... que ni ellos, ni nadie, se atrevió a contarlo.
"...La pasión no conoce el lenguaje de la razón, ni sus argumentos" - S.M.




