A metros de calle Mitre, en la plaza de todos los días, o sobre avenida 9 de Julio, allí están: tambaleantes, perdidos en sus botellas, con los brazos en alto. La gente pasa apurada; sigue de largo. En cambio, yo puedo distinguirlos desde lejos. Y aunque no los toque, siento su piel áspera; sus venas, el tránsito de su interior. Toco los desvíos, su resistencia a andar derechos por la vida.
La mayoría no los ve; pero yo sí. Me detengo. Los escucho cantar; decirme inentendibles piropos y algunas tardes acepto, perturbada, el regalo de sus flores.
La mayoría no los ve; pero yo sí. Me detengo. Los escucho cantar; decirme inentendibles piropos y algunas tardes acepto, perturbada, el regalo de sus flores.

Querida Keiko,
ResponderEliminarMe emocionan tus palabras y también tus imágenes.
Cariños.
Silvi:
ResponderEliminarhace varios años leí la autobiografía del cineasta japonés Akira Kurosawa. Allí cuenta cómo, siendo un niño aún, su hermano lo lleva a recorrer lo que había quedado luego del gran terremoto de la ciudad de Kanto: escombros, muerte, desolación. El horror tenía el color del infierno.
Durante el recorrido, el hermano le insistía: abre los ojos y mira. Mira. Mira.
Con el paso del tiempo, Akira descubrió que esa había sido una excursión para vencer al miedo y que en adelante, podría descubrir la belleza de las personas y de la naturaleza de una manera muy diferente.
Pasan los años también para mí. Y me vuelven una y otra vez esas imágenes. Cómo es que pudo a partir de la imagen del horror, devolvernos una imagen bella y esperanzada.
Entendí un poco más su obra y la lente de su alma:
Aprender a mirar. Y a mirar un poco más allá.
La mirada del artista que descubre el mundo entero en una gota de árbol
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