lunes, 20 de septiembre de 2010

III - Los baños de Retiro


El 2001 me fue sacando de a poco los trabajitos que había conseguido. Si seguía limpiando las casas, las señoras cada vez me pagaban menos. Primero vendí mi cadenita de oro, después, el anillo de la abuela. Lo vendí y la recordé todo el tiempo. La recordé contándonos cuando llegó a la Argentina y trabajaba envolviendo caramelos en una fábrica, mientras el abuelo vendía diarios en el tranvía. Y nunca sintieron vergüenza.
Yo trataba de pensar en ella cuando iba al trabajo que menos me gustaba, pero que más plata me dejaba. ¿A quién le gusta ir a limpiar los baños de Retiro?... Durante varios meses pensé, con una puntada en el corazón: qué laburo de mierda. Veía caminar la vergüenza por mi cuerpo. Con el tiempo me di cuenta que hay otras miserias del hombre que dan más asco.


domingo, 12 de septiembre de 2010

Comunidad


Biriquinho me lo dijo, y yo le creí. Es tan fácil surfear un mamboretá, un escalón roto, una gota de vino en una copa de cristal. Con un par de trebolines todo se puede. Se pueden ver a través de una mirilla, en un millar de rutas de estrellas, de hormigas rojas que dibujan memorias de corazones. Hasta en un mostachol guiando dedalitos en medio del mar.


Qué bien la pasamos juntos. Recorrimos estaciones y puertos con trebolines de cuatro y seis hojas. Conocimos espadachines de estrellas. Juntar algunas y cartonear trebolines no tiene maldad, ni relojes controladores, ni es imposible.

Algunas veces, Biriquinho pierde una estrella y se pone a llorar. Entonces rompe tablas, cielos y cabezales. Se enoja. Y se transforma, porque es su esencia biriquique.




Por las madrugadas me llama desde un trebolar. Nos contamos nuestros vericuetos. Nos damos ánimo. Está comprobado que los biriquiques se entienden, aún sin bla, bla, bla.







miércoles, 8 de septiembre de 2010

Quien



[...] Tan extraña había sido su aparición. Pero volvió a mirarme y no sé por qué, me sentí raramente reconfortado.
No he visto nunca mirada semejante. La mirada de un hombre que había visto tanto que había llegado a comprenderlo todo.

¿Quién eres? [...]

Podría darte centenares de nombres. Y no te mentiría: todos han sido míos. Pero quizás el que te resulte más comprensible sea el que me puso una especie de filósofo, de fines del siglo XXI. El "Eternauta" me llamó él para explicar en una sola palabra mi condición de navegante del tiempo, de viajero de la eternidad, mi triste y desolada condición de peregrino de los siglos.

He tenido la suerte de llegar aquí... presiento que, después de tanto tiempo podré descansar un poco.
¿Me darás un lugar, verdad? No necesito otra cosa que un rincón para reponerme porque estoy cansado, terriblemente cansado. Y necesito descansar, para poder seguir buscando.
Porque eso es lo que hago siempre, buscar, buscar, buscar...





El Eternauta
Héctor G. Oesterheld - Francisco Solano López


sábado, 4 de septiembre de 2010

II - La llegada de los piojos

Los dos pensamos que el amor sería para siempre. Pero el corazón de él dijo basta. Fue durante los preparativos de la kermese de Reyes. Murió como él quería: de fiesta.

El Gordo me decía "mi Marga", porque estaba hecha de pétalos blancos y era su sol. Pero cuando él murió, los fui perdiendo uno a uno. Me quedé sin luz. Vacía. Con el tiempo me llené de amargura. Aunque en casa lo disimulaba muy bien. Sobre todo cuando los chicos me pedían la teta, la leche con pan y manteca, el cuento de la noche, y las figuritas, que se volvieron algo inalcanzable.

Aprendí a hacer de todo: revocar la última pared que él había levantado y por la que empezaba a entrar humedad, tapiar el fondo para estar más seguros, mover la tierra para armar una huertita. Eso me daba cierta tranquilidad. De hambre no nos íbamos a morir. De dolor, por ahí, sí.

Dejé mis agujas de tejer por las del reloj que me apuraban para ir de un trabajo a otro. Limpiar una casa y luego otra. Las señoras bien eran buena gente, sólo algunas eran casi gentes, nada más. Mientras tanto, mamá se quedaba cuidando a los chicos y arreglábamos antes para pasar a buscarlos por la escuela, si es que no había paro. Los chicos volvían con piojos. Después me di cuenta de que los hijos de mis señoras también tenían la cabeza llena de piojos. Los piojos se meten por igual entre ricos y pobres. Pero a mí no me alcanzaba para peine fino y lociones. Les pasaba vinagre para que se rascaran menos. Y entonces, ya nunca más usé vinagre en las ensaladas.

I - El otro plato


Eras una nube quieta dibujada en el cielo del desamparo. Con el uniforme blanco. La vista baja. La boca blanca. Los azulejos y las paredes también eran blancos, igual que los centímetros de papel cuidadosamente doblados y acomodados en fila sobre la mesa de fórmica blanca. Algunos eran apenas un tono más ásperos. Tu cuerpo delataba varias voces de niños llamándote por las madrugadas. Horas acumuladas de guardapolvos lavados y planchados. Noches de humo, de poca leche y algo de pan. No me animé a preguntar tu nombre, ni tu edad. Ni desde hacía cuánto tiempo que estabas en ésto.

Entonces, dos chicas entraron hablando alto, desenfadadas. En unos minutos ensuciaron lo que habías limpiado. De nada sirvieron los carteles colocados en las puertas y en el costado del espejo. Vos fuiste hasta la última puerta. Tomaste el balde, el lampazo y una botellita sin marca con el desinfectante diluido. Entraste para repetir una vez más la rutina de tu trabajo. Ni una nota de sangre, ni un adiós marrón cambió la música de tu rostro.
Mientras me lavaba las manos, me di vuelta para observarte. Te movías al compás de un pensamiento. Tocabas vientos de dolor. Después, juntaste todas las cosas. Las guardaste sin hacer ruido, en el mismo lugar. Volviste a tu taburete viejo. Te sentaste al lado de la mesa de fórmica. La misma nube que vi al entrar.
Antes de irme te dejé dos monedas de un peso sobre un plato blanco. Te di las gracias. Vos no me contestaste. No miraste. Nada.

Salí al bullicio. Al calor y a los colores de Retiro. Me mezclé entre la gente que llegaba y con la que se iba. Crucé bares. Esquivé la invasión de puestos y los kioscos de revistas. Leí el anuncio de partidas en el cartel. Llegué a la plataforma "21". Subí al micro verde que me llevaría lejos de esta ciudad. Me senté. Me puse los auriculares para escuchar música. Pero sólo escuché el eco blanco de los refucilos de tu desamparo.

Decidí que a mi vuelta pasaría a saludarte. Lo hice. Pasé, y sobre el plato te dejé una corona de princesa. Una flor que sólo abre por las noches, junto a la escama de un dragón.



martes, 31 de agosto de 2010

Rapsodia en agosto












El corazón cae
estaciona raíces
se expande

sangra semillas
late en cada brote

se abre

es un desparramo de poemas fragmentados


viernes, 23 de julio de 2010

Meta razones



en la sonrisa de los ángeles en las babas del diablo en el viento Zonda en los hielos del sur en Euclides y en Fibonacci en los horizontes de las rectas infinitas en los espirales de los caracoles y de los girasoles en Pitágoras y en las plantas carnosas en las piñas y en las margaritas en Platón en el plato de las letras rojas de Cortázar en las de Galeano y en las composiciones Galas de Dalí en la música de las esferas en Venus y en Las meninas en las estrellas en los cristales de agua en los mandalas y en los fractales en los dioses ateos en el hombre vitruviano en los hombres imperfectos y en los irracionales en las abejas en el pentagrama el dodecaedro y la cartuchera de tres pisos sobre andamios de lápices pinceles y hojas con las maletas llenas sobre la mesa con los golpes de la inspiración en el borde con el corazón que vuelve del viaje en las olas de los latidos en los rompeportones de la infancia en los portones del tiempo de las princesas y de los dragones en el fuego y en la lluvia y en la esquina del olvido de dos niños desnudos las mochilas vacías que se llenan del número fi en el umbral de la muerte y de las presencias en los pasillos de las casas de los cielos y de los ciclos en el alero de las paradojas y de las alegorías en las metáforas y en los sueños en los besos de los universos, nos besamos