sábado, 10 de julio de 2010

En cyan




















puntos
caras
pelos y letras de la mala geometría
que te enseñaron

la naturaleza del disfrute
el diagrama de un diamante
el fragmento perfecto de un panal en flor
una ventana de hojas de ligustro
espejos con alas de mariposa

alguien que juega al ahorcado con letras en la mano
sólo tiene la letra y

y vos
estás en otro espacio
tocás el pasto de un campo de estrellas
flotás en una carpa entre el cielo y un bosque de pinos
levantás el techo de una casa

abierta

inmensa

en un rincón titila el botón de una semilla brillante
no hay relojes
no hay veinticuatro horas
todo se mira .............. todo te toca

asoman saltos de sirenas
vuelos de dragones
guerreros con escudos y katanas
tazas de porcelana
suaves zoquetes blancos
kimonos de seda

detrás de un papel de arroz el agua burbujea sobre el fuego
tibia
se abandona y cae
en un cuenco de jade
el aire huele a sándalo
llueven sonrisas de magnolias
una luna de plata cuelga en la ventana

un sonido en cyan


hebras
pelos
renacuajos
espermatozoides que te llevan sobre una burbuja de farolas de luciérnagas
atrás quedan los humores de basura y oscuridad

travesías de números nuevos
de letras nuevas
de líneas nuevas

latidos y pieles que se proyectan en un mapa de luces sin fronteras


domingo, 4 de julio de 2010

miércoles, 30 de junio de 2010

A la vida

a "R"


en un mismo puñado de tierra

pelean la muerte

y la vida





domingo, 27 de junio de 2010

Bicentenario

"El corazón de la Ciudad vuelve a latir"


las ciudades acorazadas se dan la vuelta
se sacan las prisiones
las voces de látigo
las cadenas de lamentos
los vidrios rotos
los plásticos empaquetados

se desanudan
se desdudan
y se desnudan

dejan en las esquinas sus ropas de luto y lata
las balas humeantes
la sangre seca
la piel abierta

lavan sus penas
secan tus lágrimas
zurcen sus/tus/mis/nuestras heridas

se sientan en el adoquín de la infancia
con la bici
la vitina
la leche chocolatada
y no dejan de repetir tu nombre

encienden un farol
se cambian
y cambian
y nos cambian

se envuelven en los latidos del corazón
bailan voces de bises y guitarras
en soplos y caricias de bandoneón

en el corazón de mi ciudad
las ciudades del corazón
se pasean
y nos pasean

a pasos pares
a pasos de pasión















Hipercorazones - Luces de Mayo


miércoles, 16 de junio de 2010

Los dibujos de la luna

En Hiroshima, una niña mira la luna y se sonríe. Su obachan le dijo que hay dos conejos haciendo pastelitos de arroz.

En Buenos Aires, un caminante se dirige a la intersección de Av. Figueroa Alcorta y Casares. Se esconde detrás de unas cañas de bambú, y contempla largo rato a una mujer vestida con kimono. La mujer está parada en el punto medio del arco rojo del puente. Sucede cuando cae la tarde; el jardín se vacía de visitantes, y queda en silencio.
Sin hacer ruido, el huésped avanza unos metros abrazado al arco de tiro que lleva bajo el brazo. Se resguarda detrás de una mata de azaleas. Sólo se escuchan los peces carpa que nadan en busca de alimento. En el otro extremo del lago canta un pájaro. El huésped se acerca aún más al puente. Contempla de espaldas a la mujer. Corre una rama de pino. Ajusta la visión, y apunta al centro de la luna del kimono. Tira. Las grullas se asustan y emigran a un pliegue de las mangas. La flecha atraviesa la luna hasta tocar el corazón de la mujer. Él se toma el abdomen como si hubiera recibido un golpe seco en las vísceras. Se acerca. Apoya su rostro sobre la piel de seda del obi de la mujer. Cierra los ojos. Y atraviesa el umbral de lo posible.

Es un niño que sale hacia el bosque para buscarla en el "día de las muñecas". Una tropilla de guerreros pasa a su lado, y se pierde en un camino de farolas de papel. Siente el peso de las pecheras de los samurai, los cascos y las katanas caídas sobre las esterillas. Estampas. Más estampas. Una puerta del período Meiji se abre de par en par. Percibe un leve balanceo, el tamborilleo de pasos sobre el piso de madera. Saluda de lejos al Emperador y le da la mano al Monte Fuji.
Luego, cumple con las reglas de cortesía. Entra en una casa noble de madera y de papel. Un teatro de sombras, una figura inclinada. El delicado ofrecimiento de la ceremonia del té.
Despega su rostro del obi de seda. Se limpia los ojos. Toma el chawan y bebe un sorbo de té verde. Lo degusta. Ahora la mujer de kimono está de frente a él. Se pierde en sus ojos profundos, y aunque ella baja la mirada, puede leer su historia a través de la piel. Lo seduce el tintineo de adornos en la cabeza de la mujer, como si golpearan pétalos de glicina dentro de él. Se abandona a su aroma dulce, a las curvas de su nuca, y al nacimiento de su espalda. Escucha el shamisen y el canto que empieza a reconocer. Disfrutan largo rato, hasta desvanecerse. Las azaleas abren sus flores, las piedras se mueven. Un buda sonríe.

Cuando vuelve en sí, la mujer de kimono ha desaparecido. Él está parado sobre la misma tabla de madera del puente rojo, con su arco en la mano. Un pétalo lila cubre su herida: la fuerza vencida por la suavidad.
Entonces, oye la voz gruesa y entrecortada de un hombre de kimono y hakama azul y ojotas de madera. Se acerca dando pasos firmes. Le señala un gran portón de hierro y madera oscura. Antes de que pueda tomarlo del brazo, el huésped desaparece.
Dicen que a la hora en que el Jardín Japonés de Palermo cierra sus puertas a los visitantes, una pareja queda demorada largo tiempo sobre el puente rojo. Pero cuando alguien se acerca a pedirles que se retiren, ellos, ya se han ido.




domingo, 23 de mayo de 2010

GRU

En grupo te engrupo, dijo Gru. Con una sonrisa se acomodó la bolsa de arpillera. Se deslizó por la ladera de la montaña y cayó parado frente a la puerta de su cabaña. Se dirigió a la cocina. Limpió con fuego el caldero. Preparó la poción grumoliente, palabrosa, esa que sólo podía levantarse con una grúa de cartas. Aplicó su método festivo de muchosidad, y sin olvidar la pizca de gruñón y grumetano, batió y batió, hasta lograr el esperado punto gruyère.
Miró el greloj por cuartésima vez. Se acercó en puntitas de pie a la gruta en donde descansaba la chica de la aligrilla. Se vistió de grupí. Cambió su gruesa voz por la de un colibrí. Después de observarla un rato, le limpió las alas dormidas. La acarició. Satisfecho con su trabajo, colocó el grumete en una taza de porcelana suspendida en una mesa de sueñosía. Suspiró hondo. Antes de marcharse miró todo como si fuera el cuadro del último té.
Salió a la galería. Se puso el sombrero orientador. Se ajustó las orejas, y cabalgó por un ancho mar. Ayudado por un conejo abrió la bolsa de arpillera. Pegó un salto. Y se robó la luna.














dibujos: Agustina Ch., 8 años

martes, 11 de mayo de 2010

Medialunas borgianas








Objetos. Son las llamadas medialunas inspiradoras del universo de Jorge Luis Borges.
Sus lunas diminutas movían al tiempo en otros ritmos. Las estrellas parecían más grandes, los planetas se saludaban sorprendidos desde otra órbita. Las brújulas perdían sus agujas en desiertos de arena.



Medialunas hiperchiquitas que se sirven en los bares de los Centros Culturales para que la gente se inspire y escriba. Haga canciones de protesta, mitos urbanos, leyendas.