miércoles, 16 de junio de 2010

Los dibujos de la luna

En Hiroshima, una niña mira la luna y se sonríe. Su obachan le dijo que hay dos conejos haciendo pastelitos de arroz.

En Buenos Aires, un caminante se dirige a la intersección de Av. Figueroa Alcorta y Casares. Se esconde detrás de unas cañas de bambú, y contempla largo rato a una mujer vestida con kimono. La mujer está parada en el punto medio del arco rojo del puente. Sucede cuando cae la tarde; el jardín se vacía de visitantes, y queda en silencio.
Sin hacer ruido, el huésped avanza unos metros abrazado al arco de tiro que lleva bajo el brazo. Se resguarda detrás de una mata de azaleas. Sólo se escuchan los peces carpa que nadan en busca de alimento. En el otro extremo del lago canta un pájaro. El huésped se acerca aún más al puente. Contempla de espaldas a la mujer. Corre una rama de pino. Ajusta la visión, y apunta al centro de la luna del kimono. Tira. Las grullas se asustan y emigran a un pliegue de las mangas. La flecha atraviesa la luna hasta tocar el corazón de la mujer. Él se toma el abdomen como si hubiera recibido un golpe seco en las vísceras. Se acerca. Apoya su rostro sobre la piel de seda del obi de la mujer. Cierra los ojos. Y atraviesa el umbral de lo posible.

Es un niño que sale hacia el bosque para buscarla en el "día de las muñecas". Una tropilla de guerreros pasa a su lado, y se pierde en un camino de farolas de papel. Siente el peso de las pecheras de los samurai, los cascos y las katanas caídas sobre las esterillas. Estampas. Más estampas. Una puerta del período Meiji se abre de par en par. Percibe un leve balanceo, el tamborilleo de pasos sobre el piso de madera. Saluda de lejos al Emperador y le da la mano al Monte Fuji.
Luego, cumple con las reglas de cortesía. Entra en una casa noble de madera y de papel. Un teatro de sombras, una figura inclinada. El delicado ofrecimiento de la ceremonia del té.
Despega su rostro del obi de seda. Se limpia los ojos. Toma el chawan y bebe un sorbo de té verde. Lo degusta. Ahora la mujer de kimono está de frente a él. Se pierde en sus ojos profundos, y aunque ella baja la mirada, puede leer su historia a través de la piel. Lo seduce el tintineo de adornos en la cabeza de la mujer, como si golpearan pétalos de glicina dentro de él. Se abandona a su aroma dulce, a las curvas de su nuca, y al nacimiento de su espalda. Escucha el shamisen y el canto que empieza a reconocer. Disfrutan largo rato, hasta desvanecerse. Las azaleas abren sus flores, las piedras se mueven. Un buda sonríe.

Cuando vuelve en sí, la mujer de kimono ha desaparecido. Él está parado sobre la misma tabla de madera del puente rojo, con su arco en la mano. Un pétalo lila cubre su herida: la fuerza vencida por la suavidad.
Entonces, oye la voz gruesa y entrecortada de un hombre de kimono y hakama azul y ojotas de madera. Se acerca dando pasos firmes. Le señala un gran portón de hierro y madera oscura. Antes de que pueda tomarlo del brazo, el huésped desaparece.
Dicen que a la hora en que el Jardín Japonés de Palermo cierra sus puertas a los visitantes, una pareja queda demorada largo tiempo sobre el puente rojo. Pero cuando alguien se acerca a pedirles que se retiren, ellos, ya se han ido.




domingo, 23 de mayo de 2010

GRU

En grupo te engrupo, dijo Gru. Con una sonrisa se acomodó la bolsa de arpillera. Se deslizó por la ladera de la montaña y cayó parado frente a la puerta de su cabaña. Se dirigió a la cocina. Limpió con fuego el caldero. Preparó la poción grumoliente, palabrosa, esa que sólo podía levantarse con una grúa de cartas. Aplicó su método festivo de muchosidad, y sin olvidar la pizca de gruñón y grumetano, batió y batió, hasta lograr el esperado punto gruyère.
Miró el greloj por cuartésima vez. Se acercó en puntitas de pie a la gruta en donde descansaba la chica de la aligrilla. Se vistió de grupí. Cambió su gruesa voz por la de un colibrí. Después de observarla un rato, le limpió las alas dormidas. La acarició. Satisfecho con su trabajo, colocó el grumete en una taza de porcelana suspendida en una mesa de sueñosía. Suspiró hondo. Antes de marcharse miró todo como si fuera el cuadro del último té.
Salió a la galería. Se puso el sombrero orientador. Se ajustó las orejas, y cabalgó por un ancho mar. Ayudado por un conejo abrió la bolsa de arpillera. Pegó un salto. Y se robó la luna.














dibujos: Agustina Ch., 8 años

martes, 11 de mayo de 2010

Medialunas borgianas








Objetos. Son las llamadas medialunas inspiradoras del universo de Jorge Luis Borges.
Sus lunas diminutas movían al tiempo en otros ritmos. Las estrellas parecían más grandes, los planetas se saludaban sorprendidos desde otra órbita. Las brújulas perdían sus agujas en desiertos de arena.



Medialunas hiperchiquitas que se sirven en los bares de los Centros Culturales para que la gente se inspire y escriba. Haga canciones de protesta, mitos urbanos, leyendas.



sábado, 24 de abril de 2010

Viajeros de la eternidad

El tiempo vuela
entre giros de cielo y tierra
en calles de vientos
en pasos de estrellas

con alas de pájaro
con zuecos de madera
camino
lenta y chiquita
sobre la mano de un gigante.





sábado, 10 de abril de 2010

Vaticinios

cura falso
cura tibio
cura mentira
cura abusando


ríe a oscuras
llora a oscuras
en el infierno de su encierro
va talando paraísos


cura HP de escritorio
máquina retrógrada
con vativirus y sin batimóvil

sos red sin sangre
sos hombre sin amor

sábado, 27 de marzo de 2010

Metáforas de una hoja

El recorrido era apenas unos pasos para nuestros pies de niños. Los que contábamos desde nuestra puerta hasta la casa de la abuela. Era llegar y jugar con barro y arena. Jugar a las bolitas, al lenti, al rin-raje. Ir hasta el fondo; visitar el gallinero, mirar si había huevos. Seguíamos las huellas de la huerta. Saltando surcos elegíamos la lechuga para los conejos. Parados delante de sus casas de departamentos, nos reíamos con ellos. Un árbol de ciruelo era el techo para jugar a la mamá. Y si era finales de invierno nos hamacaba una lluvia de pétalos.

Cuando el cuerpo nos pedía un descanso, nuestro camino se abría hacia el pasillo del costado. Un ligustro verde oscuro y tupido nos unía a la casa del vecino. Tierra húmeda, olor a bosque inventado. El motor del agua hacía su solo de percusión. Otras veces, apenas escuchábamos unas gotitas golpeando sobre los ladrillos. Nuestros latidos se serenaban. Toda la energía se concentraba en desvestir las hojas del ligustro. No había ninguna mejor para eso. Con nuestras manos tibias y chiquitas quitábamos su lámina, parte por parte. Los dedos transpiraban y se teñían de verde. El corazón volvía a latir con fuerza si nos quedábamos con el dibujo de sus nervaduras en las manos. Maravillas de un mapa de nervios. Cuánta inocencia. Pasarían muchos pasos para darnos cuenta de que era el arte de iluminar eso que estaba ahí y pasaba desapercibido. Ponerlas a trasluz, admirar sus caladuras. Mirar a través de sus intersticios.

Mundo de hojas de viajes. Todas distintas. Distintas formas. Distintos colores. Grandes. Chicas. Clasificables. Coleccionables. Sellos de hojas de plátano mojadas en témperas de color. Mil hojas. Hojas para pintar, para las tarjetas, para el origami. Hojas para escribir.
Hojas para escribir y desnudarme. Todas las ropas y todas las pieles, caen. Soy sólo venas, vísceras. Sangre. Estoy en carne viva. Todo se llora. Todo se ríe. Y tu aliento quema. Y tu palabra hiere. Y la injusticia y la mentira es ira que enajena. El dolor, mata. Tu amor, resucita.

Mi vida pasa por estos mapas de la poesía. Poesía de la metáfora de la ausencia y de la metáfora de la presencia. Poesía de todo lo que soy y de todo lo que no sé de mí. De lo que me cuenta y de lo que me esconde. Lo que conservo y lo que perdí. Lo que puedo y no puedo.
La eterna lucha entre lo privado y lo público. Tener pudor. Y vencerlo. Decir al mundo que no me importa nada. Volver a dejar el pudor a un costado y tocar la osadía. Decir otra vez que no me importa nada. Y creerme esa linda mentira. Porque en realidad me importa todo. Sólo que no tengo cómo soportarlo. Y es éste mi modo de sobrevivir.

Poesía otros sueños haciéndome soñar los míos. Poesía los mapas pintados sobre colchones. Poesía la mirada increíble de los niños.
Quién puede olvidar la hoja que le permitió ver la vida a través de una caladura.
Quién puede olvidarse de su infancia.
Quién puede olvidar quién es.


viernes, 5 de marzo de 2010

Qué PACHA...

Está enojada. Grita. Patalea. Ya no es una niña. Gime. Se acomoda. La herida es profunda. Se sacude en espasmos de dolor. Gira envuelta en vientos de ira. Gotea lágrimas de escombros. Y se rompe en una intensa locura.

Los barcos caminan las calles despobladas. Los hombres se marchan de madrugada sin poder despedirse. Los secuestran olas de maderas. Mareas oscuras de muebles y ropas robadas.
Las casas flotan en el día que es una caleta vacía de peces. Un sol sucio de barro anuncia largas noches de astillas en la piel.

Lloran las paredes, lloran los autos tumbados. Lloran los que no llegaron a llorar. Figuritas repetidas de un álbum negro. Un hombre grande busca su barco perdido. Llora como cuando le quitaban su juguete preferido y era sólo un niño. Las madres protegen a sus críos, los envuelven con un amor salvaje. Sus rostros son estampillas de cartas sin destino.

Sobre un escenario de papel mojado se respiran corazones temblorosos. Las carpas se inflan. Son tribus sin tiempo construyendo sus tolderías. Se calientan y se alumbran en el fuego de la solidaridad.
Cadenas de manos los sostienen. Cuelgan del frágil hilo del globo terrestre.
Vaciados de todo, desde una orilla, se aferran a la fiesta de la VIDA.