La ves venir. Viene una marea negra y enorme. Unas pieles flotan en el mar. Con tu vista baja - pero larga - divisás grises, marrones, azules, a la altura de un cinturón oscuro. Y en el piso contás un sin fin de pisadas lustrosas. Olor a perfume importado. Pieles de pobres animales tapan el cuerpo de mujeres ricas. Pelos batidos como nubes de montaña. Carteras caras de cuero. Flores exóticas. Te llevan de un lado a otro, como olas en la tempestad. Y vos perdiste tu barco; cada vez te alejan más y más. Tenés los ojos salpicados de sal. Empapado tu saquito nuevo, tus zapatos de charol brillan sin encandilar.
El tiempo pasa movido por la marea. Pasa y no lo podés parar. Girás arrastrada por un embudo de gente. Levantás la cabeza por entre las olas de sus trajes y su ropa fina. No ves una sola puerta, ninguna salida. Piernas y más piernas te impiden el paso, como redes tiradas en el mar. Sos un pez pequeño boqueando en aguas empetroladas.
Alguien viene. Te toma de la mano. Te pregunta si sos vos.
Tus cinco años te alcanzan para no olvidar. Desde entonces, guardás en el bolsillo de la memoria tu pincel y el lápiz para dibujar. Una ventana, un pájaro. Otra mano.
El tiempo pasa movido por la marea. Pasa y no lo podés parar. Girás arrastrada por un embudo de gente. Levantás la cabeza por entre las olas de sus trajes y su ropa fina. No ves una sola puerta, ninguna salida. Piernas y más piernas te impiden el paso, como redes tiradas en el mar. Sos un pez pequeño boqueando en aguas empetroladas.
Alguien viene. Te toma de la mano. Te pregunta si sos vos.
Tus cinco años te alcanzan para no olvidar. Desde entonces, guardás en el bolsillo de la memoria tu pincel y el lápiz para dibujar. Una ventana, un pájaro. Otra mano.



